Pemex y el huachicol sistémico|CEO en jaque, colusión ante la SEC
Ordeñas, SEC y colusión interna
Pemex produce 1.6 millones de barriles diarios, pero ese número no dice cuántos barriles nunca llegan a destino.
En su informe 20-F ante la SEC, la petrolera reportó 22,365 tomas ilegales a ductos entre 2024 y 2025: un promedio de 30.6 perforaciones al día sin interrupción. Lo relevante no es el volumen del robo en sí, sino el canal donde Pemex eligió divulgarlo.
Un informe ante reguladores estadounidenses tiene consecuencias legales que un comunicado de prensa no tiene. Al inscribir ese riesgo en el 20-F, Pemex lo convirtió en material para cualquier tenedor de deuda denominada en dólares, lo que obliga a los fondos a recalibrar la prima de riesgo operativo, no solo la soberana.
Pero el dato que reposiciona el análisis es el siguiente: Pemex admitió, también en ese documento, que empleados y funcionarios públicos participan o son percibidos como participantes en el mercado ilícito de combustibles. No fue una filtración ni una acusación externa.
Como condición para que el mercado descuente esta admisión como señal de transparencia y no de colapso institucional, se necesitaría ver acciones disciplinarias internas documentadas; sin esas acciones, la divulgación opera en sentido contrario: amplifica el riesgo de governance sin ofrecer un mecanismo de cierre.
El robo de equipo estratégico que Pemex también documentó agrava la ecuación porque no afecta solo el flujo de caja trimestral, sino la capacidad instalada de mediano plazo, que es el activo sobre el que se justifica cualquier refinanciamiento.
Y aquí aparece la fractura: 17,361 kilómetros de ductos fueron revisados al cierre de 2025, ningún tramo clasificado con riesgo alto, pero 30 tomas diarias siguen ocurriendo sobre esa misma infraestructura catalogada como segura.
Esa contradicción entre la clasificación de riesgo oficial y la frecuencia real de incidentes es el dato que los tenedores institucionales no pueden ignorar, porque implica que los modelos de riesgo internos de Pemex no capturan el vector criminal con precisión suficiente.
Lo que esa contradicción no explica es por qué el piloto de esa operación ha intentado abandonar el avión dos veces en año y medio.
El CEO que no se queda
Que un director general renuncie una vez puede leerse como fricción política normal en una paraestatal; que lo intente dos veces en 18 meses indica que el cargo tiene una estructura de incentivos que hace insostenible la permanencia.
Víctor Rodríguez Padilla opera en la intersección de tres presiones simultáneas: la agenda de producción que exige resultados inmediatos, el saneamiento financiero que requiere restricción de gasto, y ahora la exposición legal derivada del 20-F ante la SEC, que pone su nombre en un documento que admite colusión institucional.
Como contrapeso parcial, la coordinación entre Hacienda y Energía sí ha reducido la presión de mercado a corto plazo: los proveedores que hace un año necesitaban refinanciamiento de emergencia hoy operan bajo acuerdos más estables, lo que implica que parte del ruido financiero inmediato se contuvo.
Pero contener el ruido de corto plazo no resuelve la pregunta de quién firma las decisiones de largo plazo cuando el director ejecutivo está en posición de salida recurrente.
Para el mercado de deuda, la figura del CEO en Pemex no tiene el mismo peso que en una empresa privada porque la garantía soberana actúa como piso; sin embargo, la inestabilidad en la dirección sí afecta la velocidad de ejecución de las reformas operativas que justificarían una mejora en la calificación crediticia.
UBS denominó a Pemex un "pasivo estructural" para México, y esa frase tiene una implicación de flujo específica: mientras Pemex absorba 17 por ciento de los ingresos del gobierno solo en pago de intereses, cualquier deterioro adicional en producción escala directamente al balance soberano.
Si la producción de 1.6 millones de barriles diarios continúa cayendo, el umbral crítico no es financiero sino político: el gobierno tendría que elegir entre recapitalizar con gasto público visible o dejar que las calificadoras actúen, y ninguna de las dos opciones es neutral para la deuda en dólares.
La permanencia del CEO, entonces, no es un tema de gestión interna: es el indicador más observable de si la estrategia de Hacienda y Energía tiene capacidad de ejecución o solo de coordinación discursiva.
Coordinación real vs. narrativa de rescate
El mercado financiero mexicano lleva meses procesando una narrativa de recuperación institucional en Pemex, y parte de esa narrativa tiene sustento: Hacienda y Energía están alineadas por primera vez en años, los proveedores dejaron de ser una emergencia semanal, y el lenguaje de ambas secretarías ya no contradice al de la empresa.
El problema con esa narrativa es que describe coordinación, no resultados, y los tenedores de bonos Pemex en dólares no pueden descontar coordinación como si fuera producción.
Como excepción relevante a ese escepticismo, la disciplina fiscal que Hacienda ha impuesto sí ha producido una señal legible: el mercado ya no trata a Pemex como un evento de contagio soberano inminente, lo que redujo el diferencial de riesgo respecto a hace doce meses.
Pero esa reducción de diferencial se construyó sobre la expectativa de que la coordinación se traduciría en recuperación de producción, y la producción no ha repuntado desde 1.6 millones de barriles diarios.
El escenario constructivo requiere que tres condiciones converjan antes de que la ventana política se cierre: que las 30 ordeñas diarias bajen a un nivel donde el impacto financiero sea cuantificable y decreciente, que la dirección de Pemex se estabilice con un CEO que tenga mandato de mediano plazo, y que la producción muestre al menos una inflexión ascendente sostenida durante dos trimestres consecutivos.
Si alguna de esas tres condiciones falla, la narrativa de coordinación pierde su ancla operativa y el diferencial de riesgo vuelve a amplificarse, esta vez con el agravante de que el mercado ya le dio crédito anticipado a una recuperación que no llegó.
El escenario adverso no requiere una crisis nueva: basta con que el ritmo actual de 30 ordeñas diarias permanezca constante y que la producción no repunte, para que UBS tenga razón antes de que Hacienda pueda demostrar que no la tiene.
Lo que permanece sin respuesta es si Víctor Rodríguez Padilla, el mismo nombre que aparece en el 20-F con la admisión de colusión, será el CEO que firme la inflexión de producción o si será reemplazado antes de que esa inflexión ocurra, porque el mercado ya aprendió que en Pemex los pilotos cambian antes de aterrizar.
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